Una vida buena no es una vida perfectamente afinada. Tuner de Daniel Roher
Tuner, protagonizada por Leo Woodall y sostenida en momentos decisivos por Dustin Hoffman y Jean Reno, es una de esas películas que parecen pequeñas hasta que uno empieza a pensar en ellas. Su virtud está precisamente en no dejarse encerrar en un solo género. Hay drama, romance, acción, música, violencia; hay belleza y hay sordidez. Y, por debajo de todo, una pregunta mucho más profunda: ¿para qué sirve aquello que nos ha sido dado?
Niki, el personaje de Woodall, vive en una relación extraña con el mundo. Su extraordinaria sensibilidad auditiva lo hace parecer ligeramente fuera de lugar, como si percibiera una realidad que los demás apenas sospechan. Hay en él cierta dificultad para habitar los códigos ordinarios, una ingenuidad desconcertante y, al mismo tiempo, una capacidad casi prodigiosa para escuchar.
La película acierta al no convertir esa condición simplemente en una limitación. Estamos acostumbrados a historias en las que la sordera, la ceguera o alguna discapacidad constituyen el obstáculo que el protagonista debe superar. Aquí sucede algo más interesante: la limitación y el talento son inseparables. Aquello que hace difícil la vida de Niki es también aquello que le permite hacer cosas que nadie más puede hacer.
Por eso resulta tan sugerente su transformación final. Cuando pierde parte de esa sensibilidad excepcional, no asistimos únicamente a una tragedia. De alguna manera, Niki entra en la normalidad. Pierde una facultad extraordinaria, pero quizá gana la posibilidad de estar más plenamente en el mundo. La película deja entonces de preguntarse qué puede hacer Niki y empieza a preguntarse qué vida quiere vivir.
En ese recorrido son fundamentales dos personajes que aparecen relativamente poco. Dustin Hoffman consigue que Harry tenga un peso enorme con apenas unos gestos. Hay algo paternal en su relación con Niki, algo que convierte el oficio compartido en una forma de filiación. Simpático el pequeño detalle de la fecha de cumpleaños de Harry, dicha por Niki en el hospital, puede leerse como un homenaje al propio Hoffman, dado que es su fecha real de nacimiento.
Jean Reno representa otra clase de maestro. Si Harry pertenece al mundo silencioso del oficio, Reno encarna el reconocimiento, el prestigio, la posibilidad de ser visto. Entre ambos aparece Ruthie, cuya música busca precisamente eso: ser escuchada.
Y aquí surge quizá la imagen más hermosa de la película: el afinador.
Pocas profesiones son tan discretas. El afinador no compone la obra, no interpreta el concierto, no recibe aplausos. Cuando comienza la música, normalmente ya se ha ido. Sin embargo, sin ese trabajo escondido, la belleza no podría aparecer plenamente.
Hay algo profundamente humano en ello. Buena parte de las cosas importantes de la vida depende de trabajos que nadie ve: preparar, corregir, cuidar, ordenar, enseñar. El técnico desaparece para que el artista pueda brillar.
Pero Tuner introduce además una inquietante ambigüedad. La misma sensibilidad que permite afinar un piano permite abrir una caja fuerte. El talento, por sí solo, no determina el bien. Una capacidad extraordinaria puede ponerse al servicio de la belleza o de la destrucción. La pregunta decisiva no es qué dones tenemos, sino para qué —y para quién— los utilizamos.
Quizá por eso el verdadero contraste de la película no sea entre música y crimen, sino entre armonía y desorden. Niki sabe reconocer inmediatamente cuándo una nota está desafinada, pero tarda mucho más en descubrir cuándo su propia vida ha perdido el tono.
Al comienzo parece preguntarse: «¿Para qué sirvo?». Al final, la pregunta es otra: «¿Por quién vale la pena vivir?».
Tal vez madurar consista precisamente en eso: comprender que una buena vida no es una vida perfectamente afinada, sino una vida capaz de escuchar sus propias disonancias y tener la humildad de volver, una y otra vez, a ajustar las cuerdas.
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