La música como herida y como salvación: una reflexión a propósito de Better Man
He visto recientemente Better Man, la película sobre la vida de Robbie Williams, y más que un biopic musical, me pareció una profunda reflexión sobre la herida, la identidad y la redención. No es simplemente la historia de un cantante famoso; es el retrato de un hombre que lucha por sentirse suficiente. Y, sobre todo, es una historia sobre cómo la música puede convertirse en salvación.
Uno de los recursos más llamativos del film es representar a Robbie como un mono. No es un gesto extravagante ni una excentricidad estética: es una confesión visual. Así se percibe él mismo. Inferior. Impostor. Un artista que actúa para ser querido. Esa imagen resume el núcleo de la película: el éxito exterior puede convivir con una profunda fractura interior.
La historia gira en gran medida en torno a la figura del padre. La búsqueda de aprobación, el deseo de ser visto, la necesidad de escuchar un “estoy orgulloso de ti”. Robbie supera al padre en talento, pero nunca deja de necesitar su reconocimiento. La herida no nace con la fama; la fama simplemente la amplifica. El dinero, las drogas, el alcohol y las mujeres no son el problema original, sino intentos fallidos de llenar un vacío previo.
En contraste, la madre aparece como estabilidad silenciosa. No es el conflicto, sino el suelo firme. Y el cierre de la película —el agradecimiento a la madre y la reconciliación con el padre— sugiere que la verdadera redención no está en llenar estadios, sino en reconciliar la propia historia.
Sin embargo, para mí, el corazón de la película no es la fama ni siquiera la reconciliación. Es la música.
La música en Better Man no es espectáculo; es terapia. Es el lugar donde se dice lo que no se puede decir hablando. Canciones como Angels o Feel no son simples éxitos comerciales; son confesiones. La música permite mostrar la fractura sin vergüenza. Permite transformar la herida en algo compartido. Permite que el dolor deje de ser solitario.
Y ahí es donde la película dejó de ser solo la historia de Robbie Williams y empezó a tocar algo personal.
Para muchos de nosotros, la música no es un accesorio cultural: es un lenguaje afectivo. En mi caso, le debo a mi papá mi conexión con la música. Él me enseñó a escuchar a los Beatles, a Frank Sinatra, a Tom Jones, a Aretha Franklin, a Louis Armstrong. No solo me transmitió canciones; me dio un modo de sentir. La música fue un puente entre generaciones, un espacio de unión. Canté en el coro del colegio, en una banda de rock, y he seguido cantando en la vida. Cantar es exponerse. Y exponerse, de algún modo, sana.
Pienso en tres canciones que resumen esa herencia: Let It Be, Hey Jude y Come Together. Las dos primeras hablan de consuelo y acompañamiento: “take a sad song and make it better”. Tomar una canción triste y hacerla mejor. Eso es exactamente lo que hace la música: toma la herida y le da forma, belleza y sentido. Come Together, en cambio, tiene la energía del vínculo compartido. Es ritmo, complicidad, fuerza. Y su título lo dice todo: reunirse. Eso es lo que hace la música entre padre e hijo.
Las heridas no desaparecen. Se curan, pero queda la cicatriz. Aprendemos a vivir con ellas. La película no muestra que Robbie deje de tener fracturas; muestra que aprende a integrarlas. Que puede ser un “better man” no porque ya no tenga cicatrices, sino porque ha dejado de huir de ellas.
Tal vez esa sea la verdadera grandeza de la música: no elimina el dolor, pero lo transforma. No borra la herida, pero la hace cantable. Y cuando algo puede cantarse, deja de ser puro sufrimiento y se convierte en comunión.
Al final, quizá la redención no consista en alcanzar el éxito, sino en poder decir “gracias”. Gracias por la música. Gracias por el legado. Gracias, papá.
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