Volver a casa: amar sin GPS. El gran viaje del mundo de Kogonada.

Hay películas que uno termina y, sin darse cuenta, le cambian el clima interior. No por un giro espectacular ni por una frase “para enmarcar”, sino porque tocan una fibra que ya estaba tensa: esa pregunta antigua y nueva que siempre vuelve, aunque uno la evite con ocupaciones, planes, pantallas o ruido: ¿qué es el amor?

El gran viaje de tu vida de Kogonada —con su recurso del viaje, del carro, del GPS y de las puertas— no responde con teoría. Responde con una experiencia: la de verse obligado a recorrer la propia vida como si fuese un mapa lleno de desvíos, heridas, decisiones pequeñas que se volvieron destino. Y en esa experiencia, el amor aparece menos como “sentimiento” y más como “conocimiento”: conocer a alguien no es recitar su biografía, sino reconocer los momentos que lo han hecho quien es.

Por eso pesa tanto esa tensión: “No me conoces”, dice ella. Y él, en vez de defenderse con generalidades románticas, empieza a nombrar escenas, instantes, detalles que han sido relevantes. “Te conozco, Sarah”. No es arrogancia: es una apuesta. Es decirle: no te reduzco a la superficie, te he visto en lo que te marca. En un mundo donde casi todo es etiqueta —perfil, rol, impresión—, amar empieza por mirar con una atención que no huye cuando aparecen los matices, las contradicciones, lo quebrado.

El GPS funciona como metáfora perfecta del guion contemporáneo. Ese aparato que “sabe” por dónde ir se parece demasiado a la voz que nos dicta cómo vivir: qué estudiar, cuándo casarse, cómo sufrir “correctamente”, qué elegir para ser aceptados. La película sugiere que el problema no es que haya rutas, sino que creamos que la ruta sustituye la libertad. Y no hay amor sin libertad. Amar no es programar al otro ni ser programado por él. Es encontrarse con una persona que puede decir “sí” o “no”, que tiene un centro propio, y que por eso mismo puede entregarse. De ahí la rebelión ante el GPS: enfrentarse a la libertad —propia y ajena— como condición indispensable para amar.

Luego está el carro. El carro estalla, hay pérdida total. El símbolo es brutal: lo que te daba control, velocidad y seguridad se vuelve chatarra. Y entonces el viaje continúa a pie, sin esa cápsula protectora. Algo parecido pasa en la vida: hay tramos que solo se recorren cuando se rompe el vehículo con el que te defendías. Cuando te quedas sin el “modo automático”, sin el plan perfecto, sin la armadura. La vulnerabilidad, que tanto nos incomoda, no es un defecto del amor: es su puerta de entrada.

Y aquí la lluvia. ¿En qué momento deja de llover y en qué momento vuelve? La lluvia no es solo tormenta romántica; es clima de verdad. Es el recordatorio de que la vida no se ajusta a la comodidad del interior del auto. La lluvia obliga a sentir el cuerpo, a aceptar el mundo como es, a mojarse. Amar también es eso: dejar de negociar con la intemperie. No para sufrir por deporte, sino para dejar de vivir anestesiados. Por eso conmueve el gesto de dejar tirada la sombrilla: renunciar a una protección mínima, como diciendo “basta de esquivar; voy a atravesar”.

Al final, “ya quiero irme a casa” aparece como una frase reveladora. La casa no es un punto en el mapa: es el lugar donde se aprendió a amar o a desconfiar del amor. Volver a casa, en esta historia, es reencontrarse con la madre, con el origen, con lo que dolió. David conversa con su yo del pasado; Sarah se enfrenta a su historia. La película susurra una verdad incómoda: para amar hay que reconciliarse con las heridas. No para quedarse en ellas, sino para que dejen de dirigir la vida desde la sombra.

Y tal vez por eso los guiños finales a los musicales —Singing in the Rain, West Side Story, Bye Bye Birdie— no son simple nostalgia. Son una corrección delicada del mito romántico. Sí: hay lluvia. Pero también se puede bailar. El amor no elimina el clima; nos enseña a habitarlo juntos, sin GPS, con libertad, con memoria reconciliada. En otras palabras: amar es volver a casa… pero de una forma nueva.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Más allá del trabajo: inteligencia artificial, ocio y renta básica

Liderazgo y cultura empresarial: recuperar la primacía de la persona

Una coincidencia sobre ruedas: cuando la estadística y la empatía se dan la mano