One Battle After Another de Paul Thomas Anderson: la ironía de luchar sin héroes
En One Battle After Another (Paul Thomas Anderson, 2025) no hay vencedores claros, ni héroes indiscutibles, ni finales tranquilizadores. Y quizás por eso mismo la película incomoda tanto como seduce. En una época cinematográfica dominada por relatos cerrados, moralejas evidentes y bandos bien delimitados, Anderson propone algo radicalmente distinto: una historia política que se niega a ofrecer épica, una tragedia que se permite la ironía y un drama humano que se burla —sin crueldad, pero sin piedad— de todos, incluido el espectador.
La película puede leerse, sin demasiadas dificultades, como cine político. El trasfondo migratorio, la violencia institucional, la represión y la respuesta revolucionaria la inscriben en una tradición clara de cine protesta. Sin embargo, One Battle After Another se resiste a ser panfleto. No idealiza la revolución ni absuelve al poder; no propone soluciones ni reparte certificados de pureza moral. Muestra, más bien, que cuando la dignidad humana es sistemáticamente negada, la revuelta suele ser una consecuencia casi inevitable, pero no necesariamente una respuesta redentora.
El título es ya una declaración de principios. No hay “la” batalla final, sino una sucesión interminable de conflictos. La historia no avanza hacia un desenlace luminoso, sino que se repite en ciclos donde los roles se intercambian: los oprimidos pueden convertirse en opresores, los vencedores en derrotados, los héroes en caricaturas de sí mismos. La película desmantela así una de las estructuras más arraigadas del cine clásico: la necesidad de un héroe que encarne el bien y cierre el relato con su victoria o su sacrificio.
Leonardo DiCaprio interpreta a un protagonista profundamente antiépico: un padre torpe, cansado, drogadicto, ideológicamente ambiguo. No lidera una causa ni representa un ideal; sobrevive, como puede, a los restos de una revolución que ya no cree del todo. Frente a él, la figura de la madre —ausente en el presente del relato— aparece casi como un mito: fuerte, coherente, heroica, ideológicamente clara. Su desaparición plantea una de las preguntas más incómodas del film: ¿qué necesita más un hijo, un héroe o alguien que no se vaya?
Aquí emerge uno de los núcleos más potentes de la película: la paternidad. No solo la paternidad biológica, sino también la adoptiva; no solo el vínculo de sangre, sino el vínculo construido en la convivencia. En un mundo atravesado por el racismo, la pureza identitaria y la polarización ideológica, la película propone una pregunta tan sencilla como subversiva: ¿el amor es un dato biológico o una relación que se construye? El mestizaje —racial, cultural, afectivo— se convierte en un escándalo tanto para la autoridad como para la revolución, que a menudo comparten, aunque no lo admitan, la misma lógica excluyente.
La ironía es la herramienta central con la que Anderson aborda todo esto. One Battle After Another es, en muchos sentidos, una película patética en el sentido más profundo del término: expone el ridículo de ciertas posturas ideológicas cuando se convierten en identidad rígida, en pose, en dogma incuestionable. El humor no surge de chistes explícitos, sino del desajuste constante entre lo que los personajes creen representar y lo que realmente hacen. Revolucionarios que reproducen jerarquías, autoridades que actúan como burócratas absurdos, líderes que parecen niños jugando a ser importantes.
Esa ironía no se limita a los personajes; alcanza también al espectador. La película se burla de nuestra necesidad de bandos claros, de coherencia moral, de finales que ordenen el caos. Nos confronta con una verdad incómoda: también nosotros queremos que el mundo sea simple. Y no lo es.
Sin embargo, la ironía de Anderson no es cínica ni nihilista. La película no dice que nada importe. Al contrario, señala con claridad qué es lo único que parece importar cuando todo lo demás fracasa: la dignidad concreta de las personas. Por eso los personajes más luminosos no son los líderes ni los ideólogos, sino figuras marginales como el personaje de Benicio del Toro o las monjas que acogen a los migrantes. No preguntan por papeles, causas ni consignas; reconocen humanidad. En un mundo dominado por la lógica del poder, la película sugiere que la verdadera resistencia puede ser el cuidado.
Y aquí aparece una de las tesis más claras —y más incómodas— del film: el poder corrompe, venga de donde venga. El poder estatal deshumaniza, pero también lo hace el poder revolucionario cuando absolutiza su relato. Incluso el poder simbólico del héroe o del mito termina anulando rostros concretos. Cuando alguien se convierte en “la causa”, deja de ver personas.
Por eso la pregunta “¿quién es el bueno?” no tiene una respuesta sencilla. Si existe un criterio moral mínimo en la película, no pasa por la corrección ideológica, sino por algo mucho más humilde: no instrumentalizar al otro, no convertir al hijo en bandera, no sacrificar el vínculo en nombre de una causa. En ese sentido, el padre imperfecto y patético termina siendo, paradójicamente, el personaje más éticamente consistente, precisamente porque no pretende serlo.
El final, tan criticado por muchos, resulta coherente con todo lo anterior. No hay catarsis, ni castigo ejemplar, ni redención definitiva. El bucle continúa. Pero cerrar de otro modo habría sido una traición al espíritu de la película. One Battle After Another no busca consolar ni ofrecer certezas; busca incomodar y obligar a pensar. No será, probablemente, una obra que marque un antes y un después en la historia del cine. No inaugura un lenguaje ni redefine el medio. Pero en el contexto actual, dominado por productos intercambiables y narrativas prefabricadas, su honestidad, su ambigüedad y su ironía son ya un gesto profundamente político.
Quizás ahí resida su mayor virtud: recordarnos que, en un mundo sin héroes, la responsabilidad es de todos. Y que, batalla tras batalla, lo único que realmente importa es no perder del todo la humanidad por el camino.
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