Educar personas sin miedo: radicalismos, libertad y pensamiento crítico en la era de la IA
Vivimos en un mundo profundamente polarizado. Las categorías se han vuelto identidades cerradas: derecha o izquierda, creyente o ateo, conservador o liberal, tradicionalista o progresista. Incluso el deporte sirve como frontera. Lo preocupante no es la existencia de diferencias, sino que estas diferencias estén rompiendo vínculos esenciales: familias, amistades, comunidades educativas.
Detrás de muchos radicalismos contemporáneos no hay convicciones profundas, sino miedos no reconocidos. El miedo a no entender un mundo que cambia demasiado rápido. El miedo a perder seguridad, identidad o valor personal. Cuando ese miedo no se mira de frente, se transforma en rigidez, agresividad y rechazo del otro.
El radicalizado no busca la verdad: busca defenderse. Como ocurre con los celos, el problema no es el otro, sino la inseguridad interior. Se aparenta fortaleza, pero en realidad se revela una profunda fragilidad. Al no haber argumentos sólidos, se recurre a la violencia verbal, al desprecio o a la cancelación.
Este fenómeno se agrava en un mundo hiperconectado, donde el internet y la inmediatez nos exponen constantemente a conflictos, opiniones extremas y narrativas simplificadas. Y hoy se suma un nuevo actor: la inteligencia artificial. La IA ofrece respuestas bien formuladas, rápidas y convincentes. El riesgo ya no es la falta de información, sino la renuncia a pensar.
Por eso, el desafío educativo central de nuestro tiempo no es transmitir más contenidos, sino formar el carácter. Educar el carácter es enseñar a vivir sin miedo: a tolerar la incertidumbre, a reconocer la propia fragilidad, a dialogar sin sentirse amenazado.
Aquí el pensamiento crítico se vuelve esencial. Y es clave aclararlo: pensamiento crítico no es criticar por sistema, ni desconfiar de todo. Es amar la verdad lo suficiente como para buscarla en profundidad. Es cuestionar —con respeto, argumentos y apertura— lo que dice la IA, lo que afirma un profesor, lo que sostiene un compañero o lo que presenta una noticia.
Pero esta tarea no es solo de los alumnos. Profesores y padres deben estar preparados para educar en libertad. Respuestas como “porque siempre ha sido así” o “porque yo lo digo” no forman personas; forman obediencia ciega o rebeldía sin criterio. El profesor está llamado a ser mediador y articulador de posiciones, no clausurador del diálogo. Y los padres deben comprender que educar no es lograr que los hijos piensen como ellos, sino acompañarlos en el crecimiento de su libertad.
Aquí aparece el núcleo del problema: la incomprensión de la libertad del otro. Cuando se impone qué pensar, creer o decidir, se lesiona la dignidad. La dignidad humana no depende de pensar “correctamente”, sino de poder pensar y elegir libremente.
Educar personas sin miedo es, quizá, el acto más contracultural hoy. Personas con convicciones profundas, sí, pero capaces de dialogar. Personas que no necesiten radicalizarse para sentirse seguras. Personas que reconozcan en el otro no una amenaza, sino un igual en dignidad.
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