La pandemia de la indiferencia (II)

En un mundo saturado de alertas —climáticas, tecnológicas, bélicas, sanitarias— quizás la amenaza más peligrosa sea la menos visible: la indiferencia. A diferencia de un virus, que se detecta con microscopios y se combate con vacunas, la indiferencia se infiltra silenciosa en los corazones y en las instituciones. No provoca fiebre ni tos, pero paraliza la voluntad colectiva. Y cuando las sociedades son indiferentes, incluso el mejor sistema de salud, la mejor tecnología o la más sólida economía terminan frágiles.

Una anestesia del alma

La indiferencia es un tipo de anestesia del alma. Nos insensibiliza frente al dolor ajeno, frente a la urgencia de cuidar lo común. Aparece en frases cotidianas: “no es mi problema”, “que se ocupe el gobierno”, “mientras yo esté bien, lo demás no importa”. Es el desinterés por lo que no toca de manera inmediata. Pero, como en un dominó, tarde o temprano lo que ignoramos acaba por alcanzarnos.

La pandemia de COVID-19 lo demostró: mientras algunos países acumulaban vacunas, otros ni siquiera accedían a la primera dosis. Esa indiferencia global prolongó la emergencia, costó millones de vidas y generó nuevas variantes. El virus no conocía fronteras, pero nosotros actuamos como si las hubiera.

Lo humano como vacuna

Frente a la indiferencia, la única “vacuna” posible es recuperar lo humano. No hablo de un romanticismo ingenuo, sino de la constatación histórica: en cada crisis, lo que salva a las comunidades no son solo las infraestructuras ni los protocolos, sino la capacidad de las personas de hacerse cargo unas de otras.

Cuando se han presentado situaciones adversas siempre ha surgido, en medio de esas vicisitudes, la acción humana y la preocupación por el otro. En lo pequeño, en lo frágil, se revela una fuerza inmensa: la solidaridad.

Educar la sensibilidad

Combatir la indiferencia no se logra con decretos. Se necesita educar la sensibilidad. Nuestra sociedad ha privilegiado una formación técnica, orientada a la productividad, pero ha descuidado la empatía y el pensamiento crítico. El resultado son ciudadanos competentes, pero muchas veces ciegos al sufrimiento ajeno o a los problemas colectivos.

Literatura, arte, filosofía, espiritualidad: ahí se cultiva la capacidad de ver, sentir y responder. Sin ellas, quedamos expuestos a una nueva generación de profesionales altamente capacitados, pero indiferentes. Y esa indiferencia es el terreno fértil donde se incuban las verdaderas catástrofes.

La confianza como antídoto

Las sociedades se sostienen en un tejido invisible: la confianza. Confiamos en que el agua saldrá del grifo, en que la luz se encenderá al presionar un interruptor, en que el dinero tendrá valor mañana. Cuando esos sistemas fallan, lo único que queda es la confianza en los demás.

Si la indiferencia erosiona esa confianza, el día de la crisis no tendremos con qué sostenernos. El antídoto es reconstruir vínculos antes de que los necesitemos: participar en las comunidades a las que pertenecemos, en el barrio, en la ciudad. La confianza no se improvisa; se cultiva.

Responsabilidad compartida

El gran desafío de nuestro tiempo es comprender que los riesgos no son individuales ni nacionales, sino globales y compartidos. El agua, el clima, las pandemias, la inteligencia artificial: ninguno de estos desafíos respeta fronteras. La indiferencia nos encierra en burbujas privadas, pero el futuro nos exige corresponsabilidad.

Salirle al paso a esta pandemia implica reconocer que lo que le ocurre al vecino, a otro país o a otra generación, también me concierne. Que la indiferencia frente al dolor ajeno es, en el fondo, indiferencia hacia mi propio destino.

Un llamado a despertar

Decía Elie Wiesel, sobreviviente del Holocausto: “Lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia”. Y tenía razón. El odio destruye, pero al menos reconoce al otro; la indiferencia lo borra.

La próxima pandemia puede ser tecnológica, ambiental o biológica. Pero la que ya está aquí, instalada en nuestras rutinas y discursos, es la indiferencia. La buena noticia es que tenemos la cura: lo humano. Si somos capaces de rescatar la compasión, el cuidado y la esperanza, no solo resistiremos las próximas crisis, sino que quizás podamos evitarlas.

No hay vacuna más poderosa que lo humano.

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