Viviré mi vida hasta que se agote. La vida de Chuck de Mike Flanagan.

 The Life of Chuck, de Mike Flanagan, es una película extraña y luminosa. Basada en un relato de Stephen King, se aparta del terror convencional para construir una meditación sobre la vida, la muerte, la memoria y los vínculos que nos constituyen. Su guion no lineal —que parece desestructurar la historia para reconstruirla desde sus ecos— no es un simple recurso formal: expresa una verdad profunda. Una vida no se comprende en orden cronológico, sino a través de las personas, los lugares y los instantes que la habitan.

En ese sentido, la película tiene una dimensión educativa muy poderosa. La escuela aparece en distintos momentos no solo como escenario, sino como espacio de revelación. El baile del colegio, el campo de fútbol bajo las estrellas y la figura del profesor muestran que educar no es únicamente transmitir contenidos. La escuela es también un territorio donde alguien puede descubrirse, ser visto, ensayar quién es, encontrar una forma de libertad. Chuck no aprende solo en clases; aprende en los espacios intermedios, en los gestos, en el cuerpo que baila, en la mirada de quienes lo acompañan.

Los profesores, en la película, no aparecen idealizados. El profesor y su esposa, que atraviesan una separación, muestran adultos frágiles, heridos, humanos. Pero precisamente por eso resultan interesantes: educar no exige perfección, sino presencia. Un maestro, como “el hombre del tiempo”, aprende a leer climas invisibles: el cansancio, el miedo, el entusiasmo, la tristeza, la esperanza. La educación ocurre muchas veces en esa capacidad de mirar lo que otros no ven.

La familia ocupa un lugar fundacional. Los abuelos de Chuck no son figuras decorativas: son quienes le transmiten misterio, cuidado, temor, ternura y memoria. En ellos se ve que educar es dejar huella, incluso sin proponérselo. La infancia queda marcada por casas, silencios, advertencias, permisos, pérdidas y pequeñas iniciaciones.

También los amigos y los desconocidos importan. La escena del baile en la calle —con Chuck, la joven que acaba de romper con su novio y la baterista— es memorable porque muestra un encuentro fugaz que no es superficial. Durante unos minutos, tres vidas entran en sincronía. No se salvan definitivamente, pero se iluminan.

La frase “Viviré mi vida hasta que se agote” condensa el corazón de la película. Chuck muere de un tumor cerebral, pero la película se niega a reducirlo a su enfermedad. Antes que diagnóstico, Chuck es nieto, estudiante, bailarín, amigo, cuerpo, memoria y mundo interior. Como en Qué bello es vivir, la película nos recuerda que ninguna existencia es insignificante. Toda vida contiene multitudes; toda educación verdadera consiste, quizá, en ayudar a que esas multitudes encuentren una forma de expresarse.

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